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Humanidades

 

Tiempo muerto (2017) de Margarita García Robayo muestra las fisuras y contradicciones sin resolver que surgen de la diáspora. A diferencia de autores como Junot Díaz, que han enfocado su obra en la generación de migrantes latinoamericanos que han huido de sus países por causa de la violencia política, García Robayo expone el fenómeno migratorio que no es producto de la violencia (o al menos no de manera directa) sino de una fuerza centrífuga que expulsa a los personajes en busca de un desarrollo académico en los Estados Unidos. Ese “sueño académico americano” –que, por cualquier razón, no es posible cumplir en el país de origen– es lo que lleva a Lucía y a su esposo Pablo a vivir en New Haven, Connecticut, en donde todas las casas son iguales, en donde todos sus amigos son hispanoparlantes, y en donde luchan por criar a sus hijos con alguna coherencia.

Uno de los aspectos que la novela explota por medio de esa pareja es justamente la sensación de falta de identidad que queda después de migrar. En particular, Lucía se vanagloria por “no reconocer pertenencias geográficas” y la sola mención de la palabra “patria” le pone los pelos de punta. Aunque oscila entre un discurso informal en sus artículos de revista de moda y un discurso letrado propio de la Universidad de Yale, Lucía se muestra seria, liberal, feminista y académica, y declara muchas veces que para ella no significa nada “ser” de un país. A pesar de la repulsión que le causa la palabra patria, pese a que tuerce los ojos cuando Pablo se refiere a Colombia como “nuestro país”, y pese a los reproches y las burlas que le hace a su esposo porque él adolece de lo que ella denomina un “trauma” por seguir atado a su país de origen, lo cierto es que por medio de Lucía, la novela demuestra que desechar de plano la noción de origen y pertenencia deja un vacío en la identidad que es necesario afrontar. Ese vacío, que la imaginería de la novela muestra como un árbol sin raíces, surge por el hecho de haber sido trasplantada muchas veces sin darle tiempo para acomodarse en un solo lugar (p. 46).

La consecuencia del “hueco” que queda en la identidad hace surgir en sus hijos una serie de preguntas que ella evita abordar. Cuando le preguntan de dónde es, Lucía responde “De acá, de nuestra casa”, con la esperanza de que ello sea suficiente para saciar la curiosidad de sus hijos. Sin embargo, los perceptivos niños examinan el entorno y notan que esa casa nada tiene de particular, que es igual a todas las demás casas de la cuadra.

Algo similar ocurre con las tres situaciones en las que el hijo de Lucía –cuyo parecido con ella es ominoso – declara que no le gusta un grupo determinado de personas, y los agrupa según su nacionalidad. En un primer momento, dice “No me gustan esas personas” y Lucía lo corrige con el siguiente comentario: “Se llaman rusos”. Luego, cuando el niño dice “No me gustan los venezolanos”, Lucía “le acaricia el pelo”. Hasta ese punto, Lucía no reprocha el hecho de que su hijo encasille y repita patrones excluyentes y estereotipadores. Al final de la novela, cuando dice: “No me gustan los negros”, Lucía lo toma de la mano y lo invita a ir al mar. Pero luego, cuando el niño grita “¡No me gustan los negros!” de manera tal que varias cabezas se voltean a mirarlo, Lucía, en una escena de suma impotencia, intenta cogerlo, agarrarlo por los hombros, sacudirlo. Pero cuando lo tiene al frente, no sabe qué decirle.

Con escenas como esta, Tiempo muerto revela que las categorías identitarias no han sido superadas, ni siquiera por Lucía. Con su hijo, constata que la falta de identificación con un lugar de origen no necesariamente hace que las personas sean más incluyentes, tolerantes, ni comprensivas. Todo el tiempo Lucía hace uso de las categorías que tanto reprocha, y relaciona los comportamientos de las personas con estereotipos. Pablo, por ejemplo, reprueba el hecho de que su jefe, Ómar, no parece de origen guatemalteco porque ni le habla en español ni tiene ningún “detalle latinoamericano” en su oficina: “El tipo es un idiota. Hijo de hispanos, pero gringo hasta la médula”. Lucía, por su parte, concluye que los comportamientos y costumbres de Cindy, la niñera, se deben a que es cubana (cuando en realidad, nació en Estados Unidos). Y Lucía desaprueba la novela que está escribiendo Pablo por considerarla un intento de expiar “quién sabe qué complejo de clase” propio de su país.

De nuevo, la novela muestra las contradicciones que surgen de adoptar un discurso académico aparentemente inclusivo, liberal y poscolonial, y a la vez estar inmerso en el lenguaje que, de todas formas, sigue estableciendo categorías y diferenciando entre países, orígenes y clases sociales. El lenguaje, como un mapa, delinea, agrupa y separa. Lo que muestra Tiempo muerto es justamente un acercamiento brusco, un zoom in, a esas fronteras artificiales que crea el lenguaje.

La visión de “patria” que presenta la novela no es un lugar permanente, al que uno puede volver y respecto del cual se tiene un sentido de pertenencia (de hecho, en palabras de Lety, la tía de Pablo, volver a su ciudad “fue como si aterrizara en un pueblo de marcianos”). La importancia de repensar la “patria” está relacionada, ya no con el padre –que por cierto, es una figura en general ausente en la novela–, y mucho menos con una idea nacionalista, sino con la madre y con la posibilidad de echar raíces en ella. Así como los hijos se le pegan a Lucía como si fueran apéndices de su propio cuerpo, la necesidad de enraizarse excede la concepción decimonónica de patria y de nación y se empieza a relacionar con un lugar maternal que excede la territorialidad. Esa parece ser la conclusión de Lucía cuando declara, en un dialogo con Pablo, que “La patria es eso que se muda contigo”. La identidad puede empezar a construirse no alrededor de la patria, ficción inútil, sino a partir de una ficción útil, como lo es la lengua materna.

 

*Isabella Ariza es abogada y literata de la Universidad de los Andes.