twitter facebook soundcloud vimeo

 
Humanidades

 

Las expresiones menos pretenciosas usualmente transmiten los mensajes más fuertes. Recuerdo especialmente las de un profesor, que dictaba una clase cuya aplicación “práctica” no era muy evidente y en una ocasión nos dijo que no debíamos preocuparnos demasiado por la utilidad o no de su curso porque los conocimientos se vuelven aplicables en virtud de numerosas circunstancias (de las que en un punto nos podemos sentir completamente ajenos). Es decir: de antemano no podemos establecer la aplicabilidad práctica de un determinado conocimiento porque –de formas extrañas y azarosas– esos conocimientos se pueden relacionar con otros y dar luces para aclarar o entender los problemas que se nos presenten. En ocasiones es posible hallar relaciones entre las cosas aparentemente más inconexas.

Mientras avanzaba en la lectura de Anatomía de un instante, del escritor y periodista español Javier Cercas, sentí la fuerza de esa expresión del profesor.

 

Anatomía de un instante es una novela que gira en torno a un episodio muy singular de la historia española reciente: el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. En esa fecha, el Congreso de Diputados votaba por el sucesor de Adolfo Suárez, el primer presidente del gobierno español elegido democráticamente después de cuarenta años de la dictadura del general Francisco Franco. En medio de lo que aparentaba ser una sesión parlamentaria ordinaria, miembros de la guardia civil española ingresaron por la fuerza al Congreso, con la intención de llevar a cabo un golpe de Estado que por diversas razones no se consumó.

Si bien los acontecimientos que desencadenaron el fallido golpe de Estado se produjeron en el particularísimo contexto del cambio de la dictadura a la democracia en España, siento que es posible trazar algunas líneas entre esa transición y otras, como por la que ahora atraviesa Colombia. Ese sentimiento fue el que me hizo recordar la enseñanza que está en el trasfondo del mensaje del profesor: en ocasiones es posible hallar relaciones entre las cosas aparentemente menos conexas.

No es difícil encontrar razones para pensar que la transición española y la colombiana tienen poco en común: en un caso se trata de un quiebre relativamente marcado con el pasado, que implicó un cambio radical de regímenes políticos, y en el otro no se trata de un cambio de régimen, sino de la finalización de uno de los conflictos armados que ha vivido una sociedad que, como bien lo dijo Hernando Valencia Villa, se encuentra en una transición permanente: en un estado de transición sin transición.

Pese a esto, siento que hay partes de Anatomía de un instante que le hablan directamente al caso colombiano. Y aunque no pretendo señalar con precisión por qué siento eso, sí quisiera poner algunas de esas partes de presente y dejar que sea el lector quien acabe de realizar las conexiones a que haya lugar.

De forma transversal, el libro da cuenta de las polémicas que surgieron en España tras el final del franquismo. Polémicas que surgían entre quienes reclamaban la reinstauración de la República parlamentaria que existía antes del golpe de Estado promovido por Franco en 1936, así como el juicio a los responsables de dicho golpe y la reparación completa de sus víctimas; y entre quienes consideraban que sin renunciar a esos reclamos (o al menos a algunos de ellos), no sería posible fabricar un “futuro justo y libre”, porque conocían el grado en el franquismo estaba imbricado en el Estado y en la sociedad española y sabían que un ajuste total de cuentas con el pasado le impediría al país acabar con la dictadura.

La primera postura la defendían algunos izquierdistas que, tras haber sido fuertemente perseguidos durante los años de la dictadura, buscaban que se impusiera en España el “triunfo absoluto de la justicia”. Del otro lado estaban, por supuesto, Suárez y los miembros del gobierno de la transición. Pero además apoyaban esa postura algunos miembros del Partido Comunista Español –recientemente legalizado por el gobierno de Suárez–, como Santiago Carrillo, para ese entonces Secretario General del Partido, que habían vivido la represión más violenta al ser durante 40 años el principal partido de oposición al franquismo. En un punto del libro, se discute la posición de Carrillo, quien renunció a algunos de los (justos) reclamos de sus antiguos copartidarios porque “entendía que a menudo los ideales más nobles de los hombres son incompatibles entre sí y que en aquel momento tratar de imponer en España el triunfo absoluto de la justicia era arriesgarse a provocar la absoluta derrota de la libertad, convirtiendo la justicia absoluta en la peor de las injusticias”.

Pese a que muchos izquierdistas, “partidarios del Fiat iustitia et pereat mundus”, le reprocharon esas renuncias por ser una forma de traición, el trabajo de Carrillo en realidad consiguió romper con la dictadura que lo mantuvo en el exilio durante 38 años. Como se sostiene en el libro: “[a]unque no tuviera la alegría del derrumbe instantáneo de un régimen de espantos, la ruptura con el franquismo fue una ruptura genuina”. Para conseguirla, “la izquierda hizo muchas concesiones, pero hacer política consiste en hacer concesiones, porque consiste en ceder en lo accesorio para no ceder en lo esencial; la izquierda cedió en lo accesorio, pero los franquistas cedieron en lo esencial, porque el franquismo desapareció y ellos tuvieron que renunciar al poder absoluto que habían detentado durante casi medio siglo”.

La idea de que en ocasiones la justicia absoluta puede dar lugar a la peor de las injusticias me resulta particularmente llamativa para pensar en los retos a los que se enfrenta una sociedad que busca instaurar una democracia tras una dictadura, a la vez que exige ajustar cuentas con el pasado. O en los retos a los que se enfrenta una democracia como la colombiana, que busca terminar un conflicto armado exigiendo también un ajuste de cuentas con el pasado.

En la novela hay, además, una discusión constante acerca del descontento con la democracia –que se sentía con intensidad en 1981– como explicación al golpe de Estado. Aunque no puede decirse que ese descontento haya sido la única explicación, el libro le da una importancia significativa: las condiciones propicias para el golpe no se dieron únicamente por la existencia de una “trama militar” (liderada por un ejército “que clamaba por intervenir en la política para destruir la democracia”), sino cuando esa trama militar se urdió con una “trama civil” o política (liderada por una “clase dirigente” que le entreabrió la puerta de la política a los militares).

Quienes propiciaron el golpe no pertenecían únicamente a las fuerzas armadas, sino también a la “clase dirigente”: “el 23 de febrero no existió una trama civil tras la trama militar o, si existió́, quien la urdió no fue sólo la ultraderecha, sino también toda una clase dirigente inmadura, temeraria y ofuscada que, en medio de la apatía de una sociedad desengañada de la democracia o del funcionamiento de la democracia tras las ilusiones del final de la dictadura, creó las condiciones propicias para el golpe”.

Esa clase dirigente (de políticos, empresarios, dirigentes sindicales y eclesiásticos y periodistas) exageraba “hasta el delirio la gravedad de la situación”, haciendo trastabillar a un gobierno que ya de por sí trastabillaba –en medio de problemas económicos y los actos terroristas de ETA– y “creando un maremágnum que constituía el carburante ideal del golpismo”. Esa exageración “hasta el delirio” no se hacía entonces con carácter meramente informativo. Como no se hace hoy: hay incontables ejemplos de problemas que se magnifican hasta el punto en que no es posible verlos sin sentirse absorbido por una fuerte sensación de descontento y miedo. La exageración hasta el delirio de los problemas –que sin duda existieron y existen– suele ser impulsada por fuerzas autoritarias, que ignoran abiertamente que no hay democracia sin problemas y sin capacidad de perfeccionarse.

En el epílogo de la novela se afirma –en una frase que resuena– que decir que “el sistema político surgido de aquellos años no es una democracia perfecta es incurrir en la perogrullada”, pues “tal vez exista la dictadura perfecta –todas aspiran a serlo, de algún modo todas sienten que lo son–, pero no existe la democracia perfecta, porque lo que define a una democracia de verdad es su carácter flexible, abierto, maleable –es decir, permanentemente mejorable–, de forma que la única democracia perfecta es la que es perfectible hasta el infinito”.

Vladimir Lenin afirmó, supuestamente, que “al examinar cualquier fenómeno social en el proceso de su desarrollo, siempre se hallarán en él vestigios del pasado, bases del presente y gérmenes del futuro”. La transición española ilustra esa frase y sobre todo funciona como una advertencia: no se puede subestimar la posibilidad de que los vestigios del pasado tengan la fuerza suficiente para reaparecer violentamente en el presente, como sucedió con los vestigios del pasado dictatorial en el golpe de Estado del 23 de febrero.

Aunque en este texto únicamente resalté dos partes de la novela que pueden iluminar las discusiones que se presentan en otras sociedades en transición, hay otras tantas partes de la misma que pueden servir a ese propósito, por ejemplo, aquellas que resaltan el carácter improvisado de la transición española o las que discuten la dificultad de lanzar juicios absolutos sobre quienes participaron en hechos atroces partiendo de la premisa de que no se debe “renunciar por completo a entender el espanto real de una guerra”.

Si bien la genialidad de Anatomía de un instante no puede reducirse a su utilidad (o aplicabilidad práctica) para entender los problemas a los que nos enfrentamos, pienso que el libro tiene una importancia singular pues consigue –desde la combinación entre literatura, periodismo y relato histórico– hablarle de formas no previstas a sociedades que, como la colombiana, enfrentan difíciles procesos de transición.

 

 

 

 

 

 

Créditos imágen que encabeza el artículo: http://theobjective.com/further/23f-la-improvisacion-que-salvo-a-espana/