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Música

 

Sí que lo sé, hay voces en el bolero que son indiscutibles, que son las de todos y que, con los años, suenan mejor: Benny Moré, Pedro Vargas, Daniel Santos, Toña la Negra, Leo Marini, Tito Rodríguez, Roberto Ledesma, Olga Guillot, Cheo Feliciano, Felipe Pirela, Celia Cruz, Rolando La Serie, Freddy, Ibrahim Ferrer, Pablo Milanés, Elena Burke… En fin, tantas y en tantos tonos, y cada quien con la suya (señale por favor su favorita).

Pero hay algo en la voz de Vicentico Valdés, por encima de las voces de siempre (de las de todos), que me llega profundamente, que me arroba y que, según las punciones, me parece la más bolerística. En otras palabras es mi afiche del canto en ritmo de bolero.

En términos técnicos, sé que la voz de Ledesma fue mejor (o ‘el mejor’); y que el Benny fue más cierto (la esencia misma); y que Cheo entonó perfecto (el susurro profundo) y que Milanés lo dijo con impecable feeling (campana). Pero Vicentico fue un maravilloso desliz. Como el bolero mismo, su interpretación fue un premeditado error.

Su yerro fue su manera de decirlo: como ‘mamando gallo’ en algunos apartes y como muy en serio en otros. Estoy convencido que buscó hacer con su dicción una especie de pantomima, un engaño encantador.

Vicentico, miembro de la dinastía Valdés, hermano menor del también cantante Alfredito Valdés y del percusionista Óscar, se hizo conocido con el Septeto Nacional de Ignacio Piñeiro. Pero, en realidad, inmortalizó su timbre –ese timbre repleto de calle, agudo, elástico, abierto, al borde del grito sin serlo nunca y reconocible a kilómetros– con La Sonora Matancera.

Habanero de raza (10 de enero de 1921), en la década de los 40 vivió en México y cantó con La tropical de Humberto Cané, con quien grabó Un meneíto na´má y Negro bonito. Luego, vivió en Los Angeles y más tarde en New York, donde grabó con Noro Morales Una cualquiera, La vida en rosa, Qué problema, entre otras. Y más adelante, con Tito Puente, de cuya aventura musical quedó la primera grabación de la famosísima Ran-kankán y una curiosa versión de Lágrimas negras.

Sin embargo, después de tanta guaracha y tanto guaguancó, las grabaciones que lo catapultaron como excelso bolerista –cuando, con descaro, entregó su voz a la afectación– fueron las que realizó en La Habana, entre 1953 y 1958, bajo el Sello discográfico SECCO, con La Sonora Matancera. ¡Ojo!, no fue hombre de planta de la orquesta. Siempre fue un invitado especial. Un tipo singular.

Y fue ese cursi bolero que se llama Los Aretes de la Luna (original de José Dolores Quiñones, 1957) el que lo hizo muy famoso en América Latina. Pero hay que decir, con claridad, que de aquella época quedó lo mejor de su naturaleza: Solo por rencor; Una aventura; Has vuelto a mí; Algo hay en ti; En la imaginación; Tú, mi rosa azul; Con un poco de fe; Me interesa tu opinión; Lo que estoy viviendo; No seas así y una larga lista de boleros que casi nunca aparecen en las antologías del género pero que son sencillamente preciosos. ¡Y qué letras!, ¡y qué orquestación!, ¡y qué sensualidad!, ¡y qué descuidada elegancia! Y, en general, ¡qué época!

Bolerista con todas las letras, Vicentico fue puro estilo. Un genio que logró que ese sarcasmo de su voz antecediera a la dulzura de sus notas (que son muchas) y que la flexibilidad con la que coronaba las canciones escondiera su resuelta teatralidad. Y todo a punta de pequeños quebrantos. El quiebre, estoy seguro, fue su engaño. En términos futbolísticos, tenía la gambeta más efectiva del bolero (me van a capar los futboleros y los boleristas).

“Estaba solo”, como dicen los paisas cuando quieren decir que era único. Por eso mismo, a principios de los años sesenta, formó su propia orquesta conducida unas veces por René Hernández y otras veces por los hermanos Charlie y Eddie Palmieri, Javier Vázquez y Horacio Malviccino. Cantó con arrollador éxito a lo largo y ancho de las tres Américas.

De aquellos años quedaron grabaciones espectaculares como Vicentico Valdés en Suramérica (1964). Cada vez más elegante, cada vez más tragicómico (sin nunca llegar al mamaracho), hizo famosas, en tono de bolero, la canción paraguaya Mis noches sin ti y el tango el último café.

En los años setenta hizo baladas, la mayoría muy regulares. La Fania, reventada de salsa, lo llamó para que interpretara los números bolerísticos en los escenarios y para que, de paso, rescatara lo mejor de la tradición “Matancera” que tanto apreciaba Johnny Pacheco.

Más adelante, a finales de la década, grabó con Bobby Valentín tres álbumes: Vicentico Valdés y La Orquesta de Bobby Valentín –en el que quedó el estilizado Conversación en tiempo de bolero de René Touzet y una nueva versión de Plazos traicioneros–; En la Lejanía y Clásicos de Vicentico Valdés con Bobby Valentín. La historia, que me la contó el especialista Robert Téllez, es preciosa: Valentín, genio de la salsa, había sido siempre un fanático de Vicentico y lo consideraba la mejor voz del bolero. Así que, cuando montó su propia disquera, lo invitó a grabar los tres discos. “Siempre quise grabar a mí ídolo”, le dijo Bobby a Téllez.

En los años ochenta, Valdés viajó por toda Latinoamérica haciendo pequeños recitales. El 26 de junio de 1995, falleció en New York.

Dejo aquí estas líneas del libro Palabras, de la enorme compositora cubana Marta Valdés: “Aquella voz timbrada y abierta, con sentido de la cadencia rítmica, asomaba lo mismo en un bolero que en una guaracha o un bolero-mambo, cuando el canto de Vicentico cortaba el viento y se nos encajaba en el oído de una manera nunca antes conocida, después de haber trepado por el balcón desde la victrola que no para de sonar en el barde la esquina, en la caficola que estaba a medianía de cuadra o en los espacios radiales preferidos por toda la familia”.

De las más de 500 canciones que grabó esta voz mentirosa que a todos convenció, me lanzo a recomendar 10 canciones que me chiflan.

Las frases que aquí destaco tienen tres sentidos: el literario, porque son lindos versos; la intensión vocal (con “s” de intensidad) y la intención mental (con “c” de propósito). Y la última cosa antes del manjar es que no incluyo su impecable Como fue, por puro respeto al Benny Moré.

¡Pilas! Es cómo lo dijo; de eso se trata su genio.

Lo añoro.

“Yo tendré una como tuuuuú/ Tan lindaaaa/ Y que sienta lo mismo que yo/ Si es que tiene sentimientos/ Para darle mi corazón”.

https://www.youtube.com/watch?v=dLgTRKKL4R4

Voy a apagar la luz.

“Mis maaaaás/ Ardientes anhelos/ En ti realizaré. / Te morderé los labios/ Me llenare de ti/ Voy a apagar la luz/ Para pensar en ti”.

https://www.youtube.com/watch?v=PQBln3Qo-8A

Me faltabas tú.

“A darme la luz/ Tú que eres mi sol/ Tú que eres mi consuéeeeeelo”.

https://www.youtube.com/watch?v=ZNIGxlwanRU

Solo por rencor.

“Tú hablas de mí/ Y sin embargo te lamentas de mi amor/ Sufres y lloras y maldices de tu error/ Eso yo lo sé”.

https://www.youtube.com/watch?v=tCaW7KlTMKA

En la imaginación.

“En mi locura/ Mientras se me escapa tu posible visión/ Y sospecho que tú/ Que tú eres nadie”.

https://www.youtube.com/watch?v=eTXJpGrvB0Q

Algo hay en ti.

“Algo hay en ti/ Algo tan difereeeeente/ Que estoy enamorado/ Y ansioso de tenerte”.

https://www.youtube.com/watch?v=8IL80kXXjEQ

Las perla de tu boca.

“Esa perlas/ Que tú guardas/ Con cuidadooooo/ En tan lindo estuche/ De peluche rojoooo./ Me provocan en la mía/ El loco antojooooo/ De besarlas ciegamenteeee/ Enamoraaaaado”.

https://www.youtube.com/watch?v=kWZjCatSOYs

Noche Morena.

“La noche morena es arpegio de la sinfoníaaaa/ Que cantan las puertas del alma muy dentro de mi/ Bendito el motivo divino de tanta alegría/ Bendita la noche morena que te trajo a mí”.

https://www.youtube.com/watch?v=1x-YJmvDOLU

Algo de ti.

“Para que tenga algo de ti/ Para que lleve algo de mi/ De ti, solo tendrá lo sentimental/ De mí, ha de tener la realidad”.

https://www.youtube.com/watch?v=M6vVma91z1s

El último café.

https://www.youtube.com/watch?v=oYYBppoWexU

 

(Que me levante mi llave Jaime Andrés Monsalve –el tipo que más sabe de tango en este país–, pero la versión en bolero de Vicentico le da en la jeta a todas las versiones que he oído en tango, incluida la de Julio Sosa).

“Y allí con tu impiedad/ Me vi morir de pie/ Medí tu vanidad/ Y entonces comprendí mi soledad/ Sin para qué/ Llovía y te ofrecí/ El último café”.

Esta, creo, es la obra suprema de Vicentico. Punto final. Aquí se acaba el mundo.

 

 

Foto: Archivo particular