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Música

 

Tenía apenas 17 años y ya Chucho Valdés, fundador y director de Irakere, lo estaba reclutando para que tocara los teclados en la banda más importante del jazz afrocubano. En 1998 se radicó en España, donde se incorporó al grupo de Paco de Lucía y se dio el lujo de tocar y grabar con el genio algecireño y con otros grandes del flamenco como Enrique Morente, Jerry González, Niño Josele y Diego “El Cigala”. Además de trabajar con Celia Cruz, Pepe Rivero y los Van Van, fue bajista y director de la orquesta de Issac Delgado y hoy es considerado uno de los nombres más respetados de la música cubana. A los 42 años, Alaín Pérez es un prodigio que canta, compone, arregla, produce, dirige y toca con maestría casi todos los instrumentos. Ha grabado seis álbumes que abarcan géneros como el son, rumba, timba, jazz latino, bolero y guaguancó. ¿Cómo ha podido hacer tanto en tan poco tiempo? A los 8 años ya cantaba y estudiaba solfeo, a los once estaba en el Conservatorio de Cienfuegos, y en 1993, con apenas 16 años, se graduó en guitarra, bajo y dirección coral. En una reciente entrevista realizada en La Habana, Pérez habló sobre sus raíces musicales, su carrera y la especial conexión que tiene con el público de Colombia. Se presentará hoy en el Teatro Colsubsidio de Bogotá con su orquesta.

Hablemos de la relación con su padre, Gradelio Pérez, que compone muchas de sus letras. Y de “ADN” y “A romper el coco”, sus últimos trabajos…
“Hablando con Juana” fue el disco que yo grabé después de la muerte de Paco de Lucía, en Madrid. Y ahí decidí yo traer mi música a Cuba. Estaba yo ausente de mi tierra, de mi pueblo, de su alegría y del baile. Me sentía carente de todo eso, vacío. Ese era el cuarto disco mío en solitario y los anteriores me los había tragado yo solito en mi cabeza rompiéndome el coco, porque no pasaba nada con esa música. Aquello era hacer música para un público que no siente así, que no respira así y que no camina así. De modo que le dije a mi productor, nos vamos pa´Cuba, a compartir mi música con mi gente. Y la reacción del público ha sido muy favorable. Al comienzo chocó un poco la estética porque “Hablando con Juana” tiene un sonido un poquito más abierto, más internacional que el sonido de la timba. Luego vino ADN, un álbum mucho más bailable, pero sus acabados están pensados también para el público internacional, en cuanto al sonido, las canciones y los textos, que siempre hemos cuidado mucho con la ayuda de mi padre. Mi último trabajo es un álbum en colaboración con Mayito Rivera y Alexander Abreu, dos nombres que no necesitan presentación. Se llama “A romper el coco”.

¿Cómo es su sonido y hacia dónde quiere llevarlo?
El reto es hacer la música, como concibo yo la música cubana actual, con los elementos de la evolución, de la timba pero buscando un equilibrio entre esa evolución y lo establecido por los grandes maestros del pasado, esto es, las pautas del son, el bolero, el cha cha cha y los géneros que cimientan nuestra música en el mundo entero. La timba es una evolución pero hay que tener cuidado en quedarse con el cien por ciento de esa evolución. En el caso mío uso el cuarenta o cincuenta por ciento de esos elementos que inevitablemente hacen parte de mi generación: NG La Banda, Irakere, Van Van, Issac Delgado, etcétera. Yo soy parte de eso y he creado una obra que está en los discos de Issac. Pero hoy, a la hora de plasmar mi música, trato de madurar más el color, los arreglos, las canciones, la armonía, el acabado del sonido, que es muy importante. Lo que prevalece, lo más importante de todo esto es la canción. Y creo que al repertorio actual de la música cubana, especialmente la bailable, le hacen falta buenas canciones. La música como la concebía Juan Formell, sin importar que fuera bailable o no, siempre tenía un tejido, contaba una historia, rescataba algo de poesía popular y todo eso venía dicho desde el son o la guaracha, ya sabes, Ignacio Piñeiro, las historias que contaba Arsenio Rodríguez. Así está hecha la música nuestra, que nace del folclor, como en Colombia. Hay mucho talento en mi país, siempre lo ha habido. Pero gente que me emocione hay poca.

¿Y quién lo emociona?
Ivette Cepeda me emociona. Y Omara Portuondo y Pablo Milanés. Lo demás me gusta. Pero si hablo de emoción tengo que hablar de artistas como estos, que pueden verdaderamente transmitir el sentimiento del alma, en la palabra, en la voz, en la mirada. Me emocionan los rumberos, los viejos soneros.

¿Cómo ha sido vivir tanto tiempo fuera de Cuba?
Pues me ha dado la experiencia de poner en una balanza lo contemporáneo, la evolución, el riesgo, la novedad, y en el otro lado mantenerme en equilibrio con el respeto, la tradición y la elegancia, con la forma de cuidar las canciones, cantando un bolero por ejemplo. Porque aquí nadie arriesga un bolero o un cha cha cha en un concierto bailable, eso es difícil. En Cuba el público es muy exigente y muy bailador. Es más agresivo en ese sentido. Pero yo soy fiel a la formación que tengo y me gusta mantener el equilibrio, me identifico con eso. Y claro, también estoy a favor de la evolución porque no creo que tenga que seguir tocando toda la vida el “Guantanamera”. Tengo fe en lo que hago y voy a seguir arriesgando, pero con respeto y con cuidado, siempre mirando hacia atrás, sin perder ese equilibrio, que es lo más difícil de mantener. Porque hoy en día todo es arte, todo es alternativo pero la verdad es una sola. Y yo soy de la vieja escuela. Tengo la influencia de mi padre y de muchos grandes como Celia Cruz y Paco de Lucía, que me enseñaron a hacer las cosas con el corazón. Con ellos aprendí lo que es la entrega.

¿Cuál es la historia del bastón con el que siempre sale a cantar?
Es un regalo de un amigo español muy cercano, un médico pediatra. A mí siempre me llamó la atención el bastón como prenda porque invoca la elegancia de otra época. También me gusta porque lo usaba el Benny Moré y llevarlo es una forma de rendirle tributo. Al comienzo, no tenía previsto usar el bastón en el escenario pero cuando regresé a Cuba, llegó un momento en que lo vi ahí en una esquina y me dije, “este bastón no está cumpliendo su función, está muy frío” y sentí que lo necesitaba como una forma de llenarme de energía y de ponerme en contacto con historias de otro tiempo.

Una mujer que lo vio cantar me dijo: “este tipo es como un jaguar”. ¿Hay algún animal que lo represente, por ejemplo en la religión afrocubana?
Nunca me habían dicho eso pero qué interesante. Yo la verdad no practico la religión afrocubana pero musicalmente sí estoy en contacto con ella y de ahí viene una gran influencia y una fuerza espiritual inevitable por la energía que existe aquí en esta tierra donde nací. En mí es inevitable la fuerza del tambor, del canto, del baile. Guardo mucho respeto por todos estos ancestros pero no pertenezco a la religión yoruba ni soy practicante de nada. Más bien soy cristiano por mi familia. Ahora, si me viera reflejado en un animal, sería en el caballo. Ese es mi animal preferido.

¿Cómo fue su amistad con el maestro Jerry González, quien falleció recientemente?
Lo de Jerry ha sido inesperado, absurdo. La forma en que murió, todo. Él ya venía malito, había perdido movilidad y estábamos haciendo todas las gestiones para traerlo a Cuba para atenderlo acá. Él sabía que estaba enfermo pero tenía fe en la alegría y la energía de Cuba. Él venía del tambor y de la rumba. Confesó que quería morir en tierra de tambores, ya eso lo habíamos hablado. Yo a Jerry lo conocí cuando llegó a Madrid con la película Calle 54, él era una de las figuras centrales de la película, así lo quiso Fernando Trueba, el director. Venía cargado de una fama y una resonancia en el público español y europeo e hizo un trabajo maravilloso con Fort Apache, su banda neoyorquina. Al llegar a España formó un grupo con músicos españoles pero aquello no fluyó bien porque era gente que no entendía el lenguaje de la rumba y del tambor. En una ocasión coincidimos en una descarga en el Café Berlín, yo estaba tocando con Javier Massó, más conocido como “Caramelo”, al piano, y con Israel Porrina, “El Piraña”. La del Berlín era una jam mítica en ese momento en la ciudad. Allá llegó Jerry y se subió a tocar con nosotros. Cuando se bajó del escenario dijo, “a partir de hoy este va a ser mi grupo” y empezamos con el cuarteto, que él bautizó como “El comando de la clave”. Antes de eso, grabó “Los piratas del flamenco”, un proyecto derivado de lo que fue Calle 54. Pero lo que vino con “El comando…”, fue la evolución de lo que había hecho con Fort Apache porque empieza a trabajar con jóvenes músicos cubanos, gente que le aportó a él una energía diferente y viceversa. Él a mí me aportó muchísimo. Hicimos giras por Europa y Estados Unidos, fuimos a los festivales de jazz en Colombia y lamento mucho su pérdida. Fue una tragedia para todos y para la música también. Jerry fue un hombre que vivió con intensidad, venía de una generación que se entregó a la música y a los cambios sociales, a la noche, a la fiesta. Pero era como un niño y nada de esto le manchó el espíritu y las ganas de aprender y de crear. Me quedé con las ganas de tenerlo aquí en Cuba. Ha sido un golpe muy fuerte.

¿Cómo se siente con el público de Colombia?
Sabroso asere, sabroso. Lindísimo. La primera vez que yo salí de Cuba fue a Colombia, a los 17 años, con Irakere y con Chucho Valdés, mi mentor. Él me puso a tocar teclados con Irakere, me dio ese regalo, una de las cosas más grandes de mi vida. Entonces imagínate, primera parada en Colombia, yo un chamaquito todo flaco y recién salido de la escuela. Cuando llegamos, nos sentimos de inmediato en casa, un cariño impresionante de toda la gente. Colombia tiene una gran historia musical y el público sabe tanto o más de la música cubana que los mismos cubanos. La última presentación en Cali fue impresionante. Un teatro a reventar y el público cantando todas las canciones. Al final cantamos todos “Cómo fue”, a capela, en una sola voz. Inolvidable. Y esa misma energía la sentimos en Barranquilla y en Medellín.